A día de hoy puedo decir que me
siento bastante orgullosa de ser quien soy. No soy la típica chica popular, con
pésimas notas que se mete cuatro rayas entre clase y clase. No salgo de fiesta
y termino borracha al lado de un contenedor con la falda subida sin saber que
hice la noche anterior. ¡Vaya concepto de pasarlo bien tiene la sociedad!
Fiesta, drogas y alcohol.
Yo soy diferente a todos ellos,
no tengo un chico nuevo agarrando mi mano cada semana y tampoco tengo una amiga
que me apoye y me aconseje. Mis mejores amigos son los libros, adoro entrar en
un mundo que no es el mío, en una sociedad diferente y con personas incapaces
de juzgarte y de mirarte por encima del hombro con aires de superioridad. ¿Por
qué ellos tienen que ser mejores que yo? Y lo peor no es eso, lo peor es que
mis padres en vez de alegrarse por mí y por mis buenas notas siempre tienen el
nombre de Nora en la boca, se empeñan en que abandone los libros y haga amistades.
Estoy dispuesta a ello solo por no escucharlos. En ese momento todo cambio con
un giro de 180 grados.
El día en el cual colgaban las
notas en el tablón, busqué mí nombre y vi el popular sobresaliente muy contenta
miré a mi alrededor a ver si alguien me felicitaba, pero todos me ignoraban,
nadie me miraba. Intenté felicitar a alguno de mis compañeros y era como si no existiera
como si fuera alguien invisible. Ahí fue cuando decidí que sería lo mejor para
mí.
Corrí como jamás había corrido
con lagrima en los ojos y ocultando los malos pensamientos que venían
continuamente cegando mi mente. Antes de entrar en casa cerré fuertemente los ojos,
sequé las lágrimas con el dorso de mi mano y con valor entré por la pequeña
puerta roja.
Me dirigí a la cocina saludé
mis padres y les comente mi sobresaliente. Se limitaron a sonreír. Yo, ya, no
pude aguantar más... Recorrí el largo pasillo, subí las escaleras y en cuanto
pasé por la puerta de mi habitación comencé a desvestirme hasta llegar al baño
situado en mi gran dormitorio. Abrí el grifo del agua caliente para que se
comenzara a llenar la bañera.
Y por último me acerqué a mi
gran mueble marrón y me miré al espejo recordarme lo estúpida que pude llegar a
ser y diciéndome a mi misma que hay cosas que no pueden llegar a ser. Horas
después mi madre entró en el cuarto de baño, ella no sube nunca a mi pequeño
espacio personal. Pero al parecer ya no hay nada de mí, ya no estoy aquí los
sanitarios se llevan mi pequeño cuerpo en una camilla envuelto en una bolsa
color negra.
Los únicos restos que quedan de
mi existencia en ese espacio, eran un diminuto bote de pastillas arrojado al
suelo sin ninguna de ellas, una amplia bañera llena de agua y lo más importante
era lo que ponía en el espejo escrito con una barra de labios color carmesí:
‘’No voy a ser quien queréis
que sea, este ya no es mi lugar, ya no soy yo, estoy vacía por dentro’’
Esther Dawson
Esther Dawson
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